Heredamos salud, enfermedad y mucho más que ADN.

Según la biología clásica, el archivo de la memoria por el cual un ser vivo tiene una determinada forma, estructura y manera de ser, se encuentra en el ADN de sus células. O sea, sus características dependen de la estructura del ADN y/o de la disposición de sus moléculas en los cromosomas. Tales descubrimientos, de importancia fundamental, nos ayudan a comprender muchas cosas aunque otras sigan aún sin explicación.

Los genetistas admiten que en los “genes” (moléculas de ADN) estén grabadas también aquellas “tendencias familiares” por las que un individuo que, por ejemplo, haya nacido en una familia de artistas, desarrolle unos caracteres “hereditarios” que le puedan llevar a ser artista. El ejemplo de Mozart, nacido en el seno de una familia de músicos, puede explicar porqué él mismo lo fue. El hecho de que alguien nazca en una familia de malhechores implicaría que también desarrollase la misma tendencia a delinquir.

Según los biólogos mecanicistas, las células, los tejidos, los órganos y los organismos completos adoptan una forma adecuada como resultado de la síntesis de las substancias químicas apropiadas en el lugar y momento apropiados. ¿Pero, de qué física: la mecanicista (clásica) o la de vanguardia? Los biólogos simplemente dejan abierta la cuestión. Si hoy en día se asiste en el campo de la física a una verdadera revolución respecto al pasado, el sentido común nos sugiere que la misma revolución no está muy lejos de producirse en el campo de la biología.

Mientras la biología clásica atribuye prácticamente todos los fenómenos de los seres vivos a la herencia genética que contienen las moléculas del ADN, según Ruper Sheldrake (1981) los organismos heredan “los campos morfogenéticos” de organismos anteriores con características similares. Es decir, los campos morfogenéticos son como campos de fuerza que actúan sobre la estructura y la forma de los seres vivos.

Comparemos un ser vivo con una radio que emite música. A la emisión contribuyen tanto los elementos del aparato y la energía eléctrica que lo alimenta, como la emisora que emite la música. Pero aunque la emisora emita música, el sonido puede ser alterado por las condiciones de los cables, de los transistores, y cesará al desenchufar el aparato. Aquél que ignora que existe la transmisión de vibraciones invisibles, intangibles e inaudibles (”radio ondas”) piensa que dicha transmisión se produce en función de las piezas de la radio, de su disposición y de la energía eléctrica que la alimenta. Es decir, no admite que la música provenga del exterior porque el aparato pesa lo mismo cuando está conectado que cuando no lo está. Por lo tanto, supone que los patrones rítmicos y armónicos de la música proceden del interior del aparato y son el resultado de las interacciones enormemente complejas que se producen entre sus piezas.

 

En su teoría, Sheldrake habla también de “patrones anteriores” que el ser vivo va repitiendo morfológicamente. Esto quiere decir que la formación biológica de un hombre dependerá de las fuerzas de los campos morfogenéticos que reproducen el ADN, los tejidos y las estructuras completas del cuerpo de un ser humano. Otra vez se vuelve al concepto de los conjuntos de partículas subatómicas que llevan grabadas las “memorias” de patrones anteriores que se van repitiendo a lo largo de la existencia. Si los “patrones anteriores” influyen sobre la constitución de la estructura física, es lógico ampliar este concepto y deducir que influyen también sobre la “estructura psíquica”, o sea, en el comportamiento, la inteligencia, la sensibilidad y todo lo que pertenece a las esferas del pensamiento, de la emocionalidad y de la mente.

Por ejemplo: si a una persona deprimida, porque está repitiendo inconscientemente un patrón grabado en su alma, algún profesional le informa que su problema no tiene remedio y que tendrá que seguir medicándose toda la vida seguramente empeorará, dado que la “información negativa” que tiene grabada en su interior desatará una fuerza aún más intensa al ponerse en resonancia con la información que le acaba de llegar desde el exterior.

Cuando se trata de una enfermedad declaradamente orgánica, como un cáncer para cuya curación la medicina no ha encontrado aún el remedio radical, y al enfermo se le dice cuánto tiempo de vida le queda, puede producirse un efecto devastador. Tales mensajes deprimen aún más el sistema inmunitario a través de un mecanismo “inconsciente” y el enfermo, en la mayoría de los casos, deja de luchar por su vida y acepta la “sentencia de muerte” que le acaba de ser comunicada. Claro está que los profesionales han dicho la verdad, cara verdad.

Hoy se trabaja con técnicas de desprogramación como es la PNL, EFT, Homeopatía, Terapia Floral, Kinesiología, etc, ya reconocidas desde la bioenergética como eficaces en algunos casos dónde hay que eliminar o sustituir un patrón grabado incoscientemente.

Fuente: luces en la oscuridad